Fui hija única hasta los 10 años, cuando nació mi hermano. Antes de eso mis primos 2 y 4 años más grandes que yo hacían el papel de mis hermanos. Cuando mi mamá y yo llegamos al DF vivimos con ellos y mi tía un tiempo, en lo que buscábamos casa. Así que crecimos juntos, muy juntos. Nos vestían iguales, nos íbamos juntos siempre de vacaciones, nos compraban los mismos juguetes y no íbamos a la misma escuela sólo porque yo estaba muy chiquita para ir con ellos al Vista Hermosa. Pero en cuanto yo salía del kinder acompañaba feliz a mi tía a recogerlos.
En cada recuerdo de mi infancia aparecen ellos. Como la vez en que mi mamá nos llevó de vacaciones a Ixtapa y en un mal cálculo se le acabó el dinero dentro del hotel (desayuno, comida y cena estaban incluidos, pero mid-day snacks eran aparte). Como los tres estábamos necios con que teníamos sed, mi mamá hábilmente fue al bar de la alberca principal llorando con que sus tres niños estaban enfermos del estómago y si no le podían regalar 3 vasitos de coca-cola… pero siendo mi mamá tan guapa como yo (jaja) el bartender conmovido por las lágrimas de cocodrilo de mi señora madre (en esas épocas era una jovenzuela de mi edad actual…) le regaló una botella entera de coca-cola de 3 litros no retornable (chance era de 2 litros, o chance de 600 ml, tenía 5 años y yo todo lo veía gigante, incluyéndome…). Pero todo tiene su precio, claro. Durante los 5 días que aún nos quedaban de vacación sólo pudimos ir a la alberquita de atrás que estaba cerca de nuestro cuarto. Alberquita de 2m. x 2m. que poco le faltaba para ser inflable.
Todo nos pasaba. Como aquel 10 de mayo en el que pretendimos ser cirqueros, ya se los había mencionado en un post pero por si no lo recuerdan o no lo leyeron… mi primo nos incitó a mi prima y a mi a hacer un show a nuestras mamás por el 10 de mayo. El show consistía en acrobacias y malabares, para lo cual nos tuvo toda la mañana practicando. Así que después de practicar la rutina de los payasos, comenzamos con las acrobacias. Mi primó tomó un banquito que teníamos y se dio una vuelta de carro poniendo las manos arriba del banquito dichoso. Mi prima se rajó y yo que era la más chiquita pero la más valiente (obvio) fui ahí de aventada y como no sabía dar vueltas de carro (en esas épocas tenía como 4 o 5 años) se me hizo una excelente idea darme una marometa, también sobre el banquito. Little did I know que era importante no quedarme agarrada del banquito porque cuando cayera…. dicho y hecho, el cochino banco me cayó encima y me abrió el párpado. Jesuschrist, para ser un espacio tan chiquito sangra como si no hubiera mañana. Mi mamá y mi tía recorrieron todo el edificio buscando hielos para curar mi ojo. Tuvieron que cambiar toda la alfombra.
En otra de nuestras brillantes ideas, se nos ocurrió meternos a nadar (a la tina) mientras mi tía no estaba y mi mamá estudiaba. No la quisimos interrumpir, así que solitos abrimos el agua de la regadera y regresamos a nuestro cuarto a ponernos el correspondiente traje de baño. Nos tropezamos con la tele, donde pasaban “Tom y Jerry”, así que nos sentamos en el piso de la sala a ver el programa y se nos olvidó por completo la alberca… hasta que mi primo me empujó y me dijo guuuuacuuuulaaaa te hicistee pipiiiii! y yo OBVIO no me había hecho nada, así que le pegué y mi prima se paró para separarnos y pisó más agua. Todo el departamento estaba completamente inundado, así que corrimos a cerrar las llaves de agua de la tina y a la cocina por un trapeador y una escoba. Mi mamá aún no se había dado cuenta, ella dice que porque estaba muy concentrada estudiando, yo más bien creo que se había quedado bieeeen dormida. Cuando derrepronto suena el teléfono, y por más que mi prima corrió a contestar, mi mamá contestó primero. Era la vecina del departamento de abajo diciendo que había una gotera sobre su cama, la cual le parecía muy extraña. Mi mamá salió y trató de ayudarnos a secar todo. Tuvieron que volver a cambiar la alfombra, además del sillón.
En otra ocasión, nos visitaba el único novio que había tenido mi mamá después de su divorcio. Era jugador de futból americano y el ídolo personal de mi primo. Así que mientras mi prima y yo hacíamos galletas en la cocina con la ayuda de mi mamá, mi primo y el novio jugaban americano con un mamey. Desafortunadamente, el novio no pensó que mi primo tenía 7 años y no muy buena coordinación, así que en un pase, el mamey fue a dar al sillón blanco que mi tía había tenido que cambiar después de la inundación, dejando una mancha más grande que la de espagueti que vimos cuando tratamos de voltear el cojín del sillón. Mi tía, después de pegar el grito en el cielo, volvió a cambiar el sillón. Ahora compró uno color mamey.
Después de todas nuestras aventuras viviendo juntos, llegó el momento en que mi mamá y yo conseguimos una casa y nos mudamos. Mis primos consiguieron otra más grande (con una alberca de verdad) y dejamos de vivir juntos. Pero vivían cerca de mi escuela, así que muchas veces iba a comer a su casa entre semana, y los domingos ellos iban a la mía. Mi primo tenía la sutileza de regalarme juegos “padrísimos” en mis cumpleaños y Navidad, que estaban casualmente pensados para los días que él fuera a mi casa… tenía en mi cuarto una canasta de basket con marcador electrónico, millones de juegos de Nintendo de americano, carreras de coches o las tortugas ninja, castillos de los Thunder Cats con figuras de acción incluídas…
Pero la verdad es que en su casa la pasábamos mucho mejor. Los años ya habían pasado, mi prima ya estaba más grande y en etapas de pintarse cada uña de un color metálico diferente mientras escuchaba Pulsar FM 90.5 y lo mejor de Ace of Base, así que ya no le gustaba jugar con nosotros. Como ya no éramos dos niñas y un niño, ahora todos los juegos eran de niño (no como antes que mi prima prácticamente lo obligaba a jugar a las Barbies, aunque él era Ken y se negaba a hacer escenas donde hubiera besos). Jugábamos gol para, a los policías, a los detectives, a los ladrones, a los pescadores, a las tortugas ninja (con disfraz y todo, yo era Rafael porque mi primo no me dejó ser Miguel Ángel)… y en una de esas que jugábamos a los policías, la trama del juego iba en que se nos estaban escapando los malos. Así que nos subimos al coche (no recuerdo cual era, pero era blanco y estándar) y mi primo decidió quitar el freno de mano para hacerlo más real. El coche inmediatamente se empezó a ir hacia atrás porque el estacionamiento de su casa estaba en bajada y aunque nosotros brincamos del coche, el pobre se fue a estrellar contra la puerta del garage. Mi tía tuvo que cambiar la puerta. Y el coche.
Como pueden darse cuenta, la pasábamos muy bien. Pero luego crecimos, nos fuimos separando cada vez más y ahora ya ni siquiera nos vemos. Y hoy entre mi mood melancólico y todo lo demás, los extraño. Mucho.
¡Ah! La escena que inspiró el título de este post…
Wow! Me gusto, y te adelanto que t voy a plagiar la idea, voy a hacer un post de mis aventuras de mozalbete, que hubo muuuuy buenas (una hasta disparos tuvo, otra una señora que me queria llevar a la delegacion, y otra un tronco en la capota del porsche del vecino de mi tia). Me gusto el tinte melancolico jaja