Así que, todo comenzó el lunes. Estaba particularmente feliz desde que me levanté. Hice mi corta serie de abdominales que me hacen no sentirme tan mal al comerme una o dos bolsas de cheetos y después de tardarme horas en la regadera y unos cuantos minutos de poco empeño en mi arreglo personal, me subí al coche. No me importó para nada el tráfico, venía feliz cantando todo lo que mi iPod pusiera (cabe aclarar que dentro de mi lista de canciones se encuentran aquellas que bajé cuando aún existía napster y que para nada me gustan ahora… así como La Calle de las Sirenas y similares… pero me da mucha flojera borrarlas…) sí, hasta cante Palabra de Honor de Luis Miguel (no el mio, el famoso) en sus mejores años.
Mi felicidad se debía a que era el día en que por fin sabría mi aumento. Mi jefe me lo había prometido desde que me dieron mi título en mayo… Te aumento poquito ahorita, pero en febrero son los aumentos, así que ahí te lo compenso… Así que yo, confiada en que mi jefe es una persona honorable y de palabra, sabía que vería por lo menos $1,500 extras en mi cuenta. Como se podrán imaginar, eso no pasó. Y entonces, a partir de las 10.01, cuando revisé mi estado de cuenta en internet y me di cuenta de que esos $1,500 que me esperaba eran realmente $300, fue cuando mi día se empezó a convertir en the day from hell…
Sin embargo, en el transcurso de la mañana, mi día fue mejorando. No hubo un evento en particular, pero me había despertado tan de buenas que mi alegría sobrepasó mi enojo. Así que decidí ir a comer a mi casa. Fue una excelente decisión. Mi mamá cocina riquísimo así que en eso no hubo quejas. Mis hermanos se portaron particularmente bien y gritaron poco, lo cual hizo que todo fuera más ameno aún. Para la hora en la que tenía que regresar, ya estaba tan de buenas, que regresé a la actitud de la mañana, cantando cualquier cosa que pusiera mi iPod. Esta vez deleité a mis oídos, y a uno que otro conductor chismoso