Hace algunos años tuve un pequeño incidente en el salón de belleza. Mis clases empezaban hasta las 4 de la tarde y tenía mucho tiempo libre en las mañanas. Así que un lunes, aproveché que el gimnasio estaba cerrado (ejem, yeah right, yo en el gimnasio? I don’t think so…) anyways, el punto es que ese lunes en particular tenía la mañana libre, así que decidí hacerle una visita al salón de belleza. Nunca hacía cita, siempre estaba mi tinturista (o eso decía su tarjeta al menos…) favorita: Chelita. Así que muy confiada y quitada de la pena me apersoné en el salón a eso de las 11 de la mañana, lista para hacerle un cambio a mi pelo.
Llevaba tanto tiempo llendo con Chelita que ella conocía perfecto el tono que me gustaba para mis rayitos, así que yo llegaba y mientras me daban mi masaje en la cabeza, ella tenía todo listo para dejarme como nueva. El problema fue ese lunes en particular, cuando Chelita se enfermó y no fue a trabajar. No le di mucha importancia y decidí dejar que me atendiera alguien más: Carla.
Ese día estaba especialmente sentimental, así que decidí que también iba a pedir que me hicieran manicure y hasta un facial, total, ya sabía que tardan aproximadamente 2 horas en que queden los famosos rayitos, así que tenía tiempo que matar.
Le expliqué lo mejor que pude a Carla qué color quería para el pelo “Chelita me pone algo que termina siendo como dos tonos más claro que el color que tengo, pero más bien entre rojo y naranja, pero sigue siendo castaño, no quiero nada dorado ni güero, que no me va”. Carla me vio fijamente por un momento, con cara de “no te entendí ni madres“, debí haberme dado cuenta en ese momento… pero me tranquilizó que unos 4 o 5 minutos después dijo “sí, te entendí perfecto, ya sé exáctamente qué tono quieres”.
Y así comenzaron mis maratónicas dos horas en el salón. Comenzaron con manicure, mientras Carla preparaba todo lo que planeaba ponerme en el pelo. Como estaba volteada de lado para que me pudieran dar masajito en las manos, fallé en notar que el contenedor donde Carla traía mi tinte traía una pasta bastante brillante, mucho más de lo que yo hubiera esperado. Pero estaba muy feliz con la cremita exfoliante, el agua caliente y todo lo demás que te ponen en las manos para que no parezcan pequeñas garritas.
Para cuando terminaron mi manicure, yo ya estaba completamente empapelada (sí, cuando te hacen rayitos te llenan de papel aluminio la cabeza). Vi una pequeñísima mancha en un tono rojizo cerca de mi oreja derecha, pero tampoco le di mucha importancia. Ahora estaba lista para mi facial, y ninguna mancha se iba a entrometer en mis 45 minutos de felicidad.
Terminan pues mis 45 minutos de gloria, seguidos por 10 minutos abajo de la máquina que parece un enoooorme sombrero de cristal, estaba lista para ver el resultado final. Me llevaron a lavar el pelo, creo que es mi parte favorita de la ida al salón, el masaje que te dan en la cabeza hace que las otras dos horas y los 1,500 pesos que te cobran valgan totalmente la pena. Para no hacerles el cuento largo, termina mi lavado, me regresan a que me sequen el pelo y…. FIUF! quedó justo del color que lo había pedido! Gracias Dios por escuchar mis súplicas.
Feliz de la vida pagué todo lo que me habían robado a mano armada en el salón, salí, me puse mis lentes oscuros y me dirigí hacia mi casa. Estaba muy cerca, así que había decidido irme caminando. Era la 1 de la tarde de un día muy soleado y caluroso, así que decidí quitarme la chamarra, traía una playerita sin mangas. Mientras caminaba, notaba que la gente me volteaba a ver… sí que están funcionando mis ejercicios, todo el mundo voltea a ver mis bien formados brazos. Seguí con pensamientos similares todo el camino, hasta que llegué a mi casa. Feliz de la vida subí el elevador hasta mi departamento y fui derechito a la cocina a ver lo que mi mamá estaba cocinando.
Jamás tendré palabras suficientes para describir la cara que hizo mi mamá. Era una combinación entre shock, asco, ganas de matar a alguien y presión baja. Corrió a jalarme del brazo y me llevó a la sala (la cual era muy iluminada por contar con inmensos ventanales y algunos espejos), derechito al espejo y me dijo… COMO PUDISTE SALIR ASÍ DEL SALÓN!! NO ENTIENDO COMO NO LES DIJISTE NADA… QUÉ NO VES CÓMO ESTÁ TU PELO? ES UNA COMBINACIÓN DE CEREZA CON NARANJA!
Yo no veía nada… así que mi mamá me cayó muy mal por criticarme. Y de todas formas, no había mucho que pudiera hacer, ya casi íbamos a comer y tenía como 1 hr. para salir de mi casa e ir a la escuela. Si en verdad tenía el pelo color cereza/naranja, ni modo, así tendría que quedarse.
En mi camino a la escuela lo fui notando. Abrí el quemacocos de mi coche y en cada semáforo me veía en el retrovisor. En algún punto de Reforma, lo ví. Mi cara fue parecida a la de mi mamá, sin ningún tipo de expresión descriptible. Pero ya era muy tarde, no había nada que hacer. Así que llegué a la escuela, me bajé del coche y esperé no encontrarme a nadie. Eso nunca pasa… me encontré a dos exnovios y a varios amigos… todos hicieron la misma cara de horror… Uno incluso dijo… no está tan mal el tono, el problema es que tus cejas siguen siendo castaño oscuro… jesuschrist I was fucked…
Al día siguiente a las 9 de la mañana ya estaba en un salón distinto, con todo el pelo decolorado, listo para un color normal, igual al que siempre había tenido.. a juego con mis cejas.
Ese fue el día en que me di cuenta que necesitaba lentes…