El día en que me di cuenta de todo


Era su primer día en el kinder nuevo, los niñitos voltéaban a verla sin parar. Ahí estaba, con  su falda de cuadros y sus calcetas azules, y el pelo largo y suelto hacía unas ligeras ondas rubias. Claro que esa no era yo, si giraban un poco la vista podrían ver a otra niña, un poco más pequeña que aquella rubia, actuando de manera hiperactiva, primero doblando sus calcetas de la forma en que no estaba permitido en la escuela, después rápidamente terminando de recortar a aquel muñequito que la Miss Maru les había entregado, y segundos después, la podrían ver con el fleco mal cortado, las tijeras en una mano, y en la otra un mechón de pelo con el que trataba de maniobrar para meterlo en la bolsa del sueter. Sí, esa era yo. Y por supuesto que no logré meter aquel mechón en mi bolsa, tenía 5 años, y cuando pensé que nadie se había dado cuenta de mi encuentro cercano con las tijeras, al día siguiente ya no tenía escuela.

Pero en ese corto primer (y último) día de clases pasaron muchas cosas más. Mi mamá era excesivamente puntual, por lo que no le importó despertarme a las 6.30am, salir de la casa a las 7.00am y llegar a las escuela quince minutos después aproximadamente. Por supuesto que tuvimos que esperar durante mucho tiempo, ya que mi hora de entrada era a las 9 de la mañana. Así que ahí estuvimos, jugando cualquier cosa que se nos ocurriera, platicando, y mi mami como siempre tratando de peinarme, y yo necia que no quería. Así que dieron las 9.00, entré a la escuela totalmente despeinada, y con una cierta canción en la cabeza (la única que me supe completa desde que tenía 3 años y hasta que cumplí 6)… Iba distraída, murmurando… “ahí está, ahí está viendo pasar el tiempo… la Puerta de Alcalá”, moviendo las manos de forma rápida y un tanto descoordinada (claro, cantaba la versión en concierto).

Estaba por llegar a la parte de “mírala, mírala, mírala, mírala…” (mi parte favorita) cuando algo captó mi atención. Era un niño, nunca había visto a alguien igual. No tendría más de 5 años, igual que yo, pero tenía el pelo lacio y brillante, un poco abajo de la oreja, de un color padrísimo, con muchas pecas y los ojos verdes y enormes. Me distrajo tanto que no me di cuenta cuando empecé a cantar en fuerte, así que todos los demás niños que estaban en la entrada de la escuela me estaban viendo fíjamente (consternados, más que cualquier otra cosa…) cuando choqué inevitablemente con una columna.

Las maestras corrieron a ayudarme, yo estaba bien, solamente muerta de pena porque la primera persona a la que vi cuando abrí los ojos después de semejante golpe que me fui a dar, fue a ese güerito, se llamaba Fernando. Y cual va siendo mi sorpresa cuando me doy cuenta de que Fernandito no hacía más que reir descontroladamente. Al momento no lo culpé, era simplemente uno más de los que se reían por mi falta de coordinación/distracción/concierto de Ana Belén y Victor Manuel, pero no dejaba de darme pena.

Pasó el día y me ocupé en tratar de platicar con Fernandito. Por alguna muy buena razón que nunca quise preguntar, la Miss Maru nos sentó en la misma banca, por lo que tuve varias oportunidades de platicar con él. Para la hora del lunch, ya éramos los mejores amigos. Le había prestado mis crayolas y le había ayudado a hacer un collage de cuadritos de papel de china. Así que él por fin en el recreo, había dejado de ver a Renata (aquella niñita de la que les hablé al principio) y ahora centraba toda su atención en mí. Por supuesto que a esa edad lo único que quieres es jugar, así que nos juntamos con nuestros demás compañeritos de salón para jugar a las escondidillas.

Durante el juego todo estaba perfecto, así que conforme transcurrían los cortos minutos del recreo, más me daba cuenta de la excelente pareja que hacíamos mi pequeño güerito (así le puse a partir del minuto 6 de nuestra relación) y yo. Tan distraída como siempre, y tan poco coordinada en los deportes como me estaba dando cuenta en ese momento de que lo era, no fue una buena idea de mi parte el correr de un lado para otro en el patio durante el juego mientras me imaginaba caminando hacia al altar con mi pequeño güerito (y no, no precisamente de grandes… caminando a nuestros tiernos 5 años), ya que inevitablemente y como era de esperarse, en el momento menos indicado, me caí.

No me sentí desprotegida ni un segundo, sabía que la profunda relación que para ese momento ya teníamos mi pequeño güerito y yo haría que él viniera corriendo a mi rescate, apartando a quien se interpusiera en su camino sin pensarlo dos veces, hasta encontrarme tirada en el piso, con un raspón en la rodilla que por alguna extraña razón no dejaba de sangrar. Por esa razón, mi sorpresa no llegó al ver corriendo a mi pequeño güerito hacia mí, sino que de verdad creo que hasta abrí la boca y pudo habérseme escurrido en poco de saliva al ver que ese tal Fernando, de nuevo, no paraba de reír, y eso, en mi pequeño mundo, equivalía a que no valoraba lo suficiente nuestra relación. Ahí terminó todo.

Pero como bien dicen, de todo lo malo se aprende algo bueno, y este caso no fue la excepción. Aunque con mi corazoncito roto por primera vez, a partir de ese momento entendí que en la vida de toda niña existen dos clases de niños: los que, cuando te caes, te levantan, y aquellos que, como aquel Fernando que algún día me gustó, simplemente no dejan de reír. Fue entonces cuando decidí que debía alejarme de los niños como Fernando, para evitar volver a tener roto mi pequeño corazón.

Y por supuesto, nunca más volví a cantar La Puerta de Alcalá. Mi abuela, mi fan número uno, estaba simplemente devastada.

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